jueves, 17 de agosto de 2017

Cuarenta ¿y qué?

Consideraciones de estilo cuando se llega al cuarto piso.

Foto: Pinterest

A unos días de haber cumplido mis 41 años y después de reflexionar sobre lo que ha sido mi estilo en estos últimos 20, he llegado a la conclusión de que he pasado por muchas facetas, todas ellas necesarias para que ahora como mujer adulta, tenga en claro lo que me gusta y no me gusta a la hora de vestir.

Si bien es cierto, la constante en mi vida ha sido más bien la de tener un guardarropa clásico, no han faltado en él algunos deslices y estilitos curiosos. Por ejemplo, recuerdo como en mis 20 y después de graduarme de la universidad llevaba minifaldas; me encantaban, las usaba para ir a la oficina con medias gruesas y mocasines o con medias veladas y tacones. También me gustaban los trajes sastre, que ahora aborrezco porque me hacen sentir uniformada.

A la hora de salir, ni hablar de las camiseticas que usaba para ir a bailar. Me gustaban de tiritas, ajustadas al cuerpo, abajo del ombligo y a veces arriba de este y me encantaban los pantalones a la cintura, que combinaba con botas o tacones muy altos, porque para mi los zapatos bajitos no iban con las fiestas y salidas nocturnas.

El pelo, solía llevarlo siembre largo y a veces recogido con una moña porque me hacía sentir sexi. Pero también lo usé muy corto, encima de los hombros, a mi mejor amigo le encantó, pero al que era mi novio no le gustaba, y tengo que confesar a mi tampoco, soy más del tipo que lo prefiere que caiga debajo de los hombros.

Ahora, cuando recuerdo esos días entre risas y a veces un poco de vergüenza, reconozco que esos años fueron un interesante laboratorio de experimentación, de descubrimiento de colores, formas y texturas que me llevaron a ponerme lo que me gustaba, porque sí, porque lo podía comprar si era costoso o porque era tan barato que no importaba si lo desechaba después de una puesta.

De regreso al presente y con ese aprendizaje, me siento más segura con mi cuerpo y con mis decisiones y desaciertos a la hora de vestir, porque esos errores del pasado ayudaron a formar la columna vertebral de mi estilo actual, del cual resalto algunos puntos que me gusta tener en cuenta y que resumo a continuación:

  • Para mí es imprescindible tener buen espejo de cuerpo entero, porque me gusta observar en plenitud como me queda lo que me voy a poner. A veces me gusta mucho lo que veo, otras no; pero ese espejo me permite tener una visión general de lo que llevo puesto y cómo se me ve.
  • Disimular aquellas partes de mi cuerpo que no me gustan. Me caen muy mal unos rollitos que tengo al lado de las axilas, por eso evito las camisetas de tirantes incluso cuando hago ejercicio y solo las uso con chaquetas o blazers porque me gusta el efecto que tienen; pero eso sí, nunca, nunca me dejo ver con una de esas sin algo que tape mis gorditos.
  • Siempre he sido de llevar ropa de mi talla, me gustan las prendas que envuelvan mi cuerpo, pero que no lo aprieten y no he sido fan de la ropa demasiado holgada, porque me siento como llevando algo prestado o que no fue hecho para mí.
  • La ropa interior me importa y mucho, no me gustan los interiores demasiado pequeños porque me siento desnuda, chocheras creo, y en cuanto a la parte superior prefiero que se vea el busto natural y no agrandado con brasieres de realce que me hagan sentir muy “bastantona”, cosa que personalmente odio. Igualmente, no me gusta que estas prendas se marquen demasiado ni que me saquen rollitos por no ser de mi talla.
  • A mí me encanta ese dicho de: “Los 40 son los nuevos 20”, por eso me siento muy contenta con mi cuerpo y como ha venido cambiando con los años, además sé que hay un montón de ropa como pantalones, vestidos o camisas que puedo usar para verme elegante, chic, sofisticada y juvenil sin tener que recurrir a minifaldas, ombligueras o pantalones extremadamente ajustados que ya no van conmigo.
  • No me gusta ser esclava de la moda y de las tendencias pasajeras. Debo admitir, hay cosas que me encantan y una que otra vez caigo en la tentación de comprar alguna novedad, pero prefiero invertir en un buen vestido, pantalón, falda, jean o en mi prenda preferida: una chaqueta o blazer porque bien escogidas pueden volverse piezas comodín, prácticas, útiles y que duran años.
  • Aunque a veces me equivoco, he aprendido a conocer los colores que me favorecen y me gusta usarlos, tengo tendencia a usar mucho negro, pero trato de evitarlo porque siento que me pierdo entre la multitud. Por eso cuando quiero que me noten o estoy de muy buen humor le apuesto a algún color para alegrarme la vida.
  • Pese a que soy muy quisquillosa a la hora de comprar ropa o accesorios, me encanta cuando alguien me los regala, sobre todo cuando lo hacen mi mamá o mi hermana, las personas que mejor me conocen, porque me sacan de mi zona de confort y en ocasiones me han llevado a usar prendas muy interesantes que yo nunca hubiera comprado.
  • Finalmente, debo reconocer que me gustan mucho las rebajas, pero me gusta comprar con plena conciencia de que voy a adquirir piezas útiles, fáciles de combinar y de buena calidad a la mitad del precio en lo que yo llamo compras inteligentes.
¿Y tú, Si ya llegaste al cuarto piso, cuáles han sido tus principales lecciones a la hora de crear tu estilo personal?

domingo, 16 de julio de 2017

¿Qué tan básicos son los básicos en el armario de una mujer?


Recientemente, entrenándome en mi rol como asesora de imagen, estuve revisando el armario de una amiga. Lo hice de manera rigurosa: gancho por gancho, prenda por prenda y cajón por cajón; escudriñando la maraña de prendas que adquiridas luego de años de caprichos, sueños o necesidad conforman ese lugar secreto tan suyo y tan propio, que la define e identifica en el mundo en el cual se desenvuelve como mamá, profesional, amiga, esposa o cualquiera de esos adjetivos que la definen en su vida cotidiana.

Mi amiga, relacionista pública independiente, se definiría, si es que una etiqueta así se puede dar a una persona, como una mujer con un estilo clásico y más bien conservador a la hora de vestir. Por eso, dentro de ese universo personal de su armario abundan los pantalones de colores sobrios, las camisas blancas, uno que otro vestido de “oficina”, chaquetas y botas, muchas botas.

Luego de una tarde revisando su armario y discutiendo sobre lo que se quedaba y lo que se debía ir, la sesión de trabajo culminó sugiriéndole cuales eran las prendas de fondo de armario que debía tener para estar siempre bien arreglada y que además le ayudarían a construir looks versátiles, fáciles de ensamblar y con los que se sintiera elegante, cómoda y bien vestida. Fue así como salió la lista de básicos que enumero a continuación:

Imagen: www.espaciobilbao.com


·         Vestido negro
·         Pantalón negro
·         Camisa blanca
·         Falda lápiz o tipo A
·         Jean
·         Camiseta o franela blanca
·         Blazer de color neutro
·         Pantalón caqui
·         Trench o gabardina
·         Cartera para el día
·         Cluth o bolso tipo sobre para la noche
·         Zapatos tipo salón
·         Bailarinas o baletas

Una vez terminada la tarea y de ver a mi amiga satisfecha con un closet reluciente, un par de bolsas llenas de ropa vieja para tirar y una lista de pendientes para comprar, me surgió una inquietud: ¿Y qué tal si la persona asesorada fuera una entrenadora fitness, una punk o una rockera de profesión? ¿Aplicarían estas normas y estos mismos clásicos para estas mujeres?

Pues creo que no, o por lo menos no de manera tan literal. Ciertamente, se podrían adaptar algunos básicos para determinadas ocasiones, pero seguramente para el día a día de muchas personas estas prendas no apliquen y deban ser cambiadas o modificadas. Por ejemplo, para la entrenadora fitness, funcionarían mejor unos leggins y zapatillas deportivas que pueda combinar con una chaqueta o zapatos de tacón que le permitan transformarse en una mujer de negocios en un abrir y cerrar de ojos, siempre y cuando la ocasión lo permita.

O que tal, las fanáticas de las botas Dr. Martens que van muy bien con las rockeras o con aquellas que se decantan por el estilo punk, seguramente se sentirían fuera de su elemento usando una cándida camisa blanco con una falda tipo A o recta y preferirían unos jeans negros, una minifalda y una súper cool chaqueta de cuero negras con unas mayas del mismo color, que vayan con su estilo de vida y gustos musicales.

Con esto no quiero decir que no sea importante construir un fondo de armario que nos permita tener una serie de piezas comodín que se puedan aplicar y combinar para muchas ocasiones, por el contrario, sería bueno abrir un poco más el espectro y contar con un rango más amplio de piezas básicas que no se limiten a una lista o un puñado de ítems, al fin y al cabo las posibilidades de vestir son tan diversas como mujeres en este mundo.


¿Y Tú? ¿Cuál sería tu fondo de armario ideal?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Mujeres, moda y emancipación

La moda, esa pasión efímera ligada, entre otros, a hábitos o modos de vestir que de manera fugaz se definen cada temporada por prendas, atuendos y accesorios que dictan la manera cómo se debe cubrir el cuerpo de una mujer (y de un hombre también), más que un pasatiempo frívolo o trivial, ha sido el espacio propicio para la emancipación femenina y su posicionamiento como fuerza laboral y económica.

Coco Chanel es fiel representante de este binomio de moda y poder económico. Hija de un vendedor ambulante, creció en la pobreza de la que salió revolucionando la manera de vestir de las damas francesas de la Belle époque, a quienes cautivó con los pantalones masculinos, camisetas de franela o trajes de dos piezas como una respuesta a los corsés y preludio de la liberación del cuerpo y la mente que la llevaron a erigirse como fundadora y directora de uno de los imperios de moda más importantes del siglo XX y XXI.



Otra innovadora es Mary Quant, quien con sus diseños arriesgados y coloridos le dio una voz a los adolescentes y jóvenes británicos por allá en los años 60, que llevaban como signo de rebeldía sus suéteres de punto, pantalones acampanados, zapatos de plataforma, botas a la rodilla y cuyo momento más importante es el lanzamiento de la minifalda, símbolo de la revolución sexual, que perdura en nuestros días.



Ejemplo de independencia, Diana Von Fustenberg, quien estuviera casada con el noble Egon Von Furstenberg, y no obstante su privilegiada situación social, tomó las riendas de su carrera posicionándose como diseñadora y creadora de la casa de modas que lleva su nombre y que en el año 1973 lanzó el vestido cruzado (Wrap dress), que envuelve el cuerpo ajustándose con un cinturón sin cierres o botones, considerado una pieza icónica del armario femenino por más de 40 años.



Diana Vreeland también incursionó en revistas como Harpers Bazaar y Vogue, (durante su época más fructífera) pero como editora de moda, sentando las bases para quienes hoy en día ostentan este cargo. Estrambótica y visionaria, llevó a los magazines de moda más allá de una guía básica de consejos a publicaciones suntuosas de gran calidad con imponentes fotografías y artículos a través de los cuales transformaba a estrellas como Barbra Streisand o Audrey Hepburn en modelos fabulosas como se hace actualmente.


Esta es solo una muestra de algunas mujeres, que sin importar su condición de parias, obreras o nobles han representado un papel protagónico en el mundo de la moda, bien sea construyendo imperios, lanzando prendas icónicas o cambiando la manera de ver y apreciar una industria que vive por y para ellas.

lunes, 27 de febrero de 2017

Retrato de Luis Barragán el sastre pintor


Vive en Ciudad Jardín y viaja todos los días a la Zona T, en Bogotá, porque es allí donde  tiene sus clientes: hombres de negocios, diplomáticos y extranjeros que seducidos por la magia de su oficio asisten a reuniones y eventos vestidos con los trajes hechos a la medida de Luis Barragán.



Voy por la zona T abarrotada de restaurantes, almacenes y tiendas de diseñador, pero también de puestecitos de vendedores ambulantes que se rebuscan la vida. Camino, miro, pregunto; insegura, me acerco a un puesto de dulces para averiguar si conocen un sastre y con duda me señalan un centro comercial.

Entro, pero no es la persona que estoy buscando. Vuelvo a la calle y esta vez agudizo mi ojo para ver bien las señales ocultas que me lleven al sitio, del que no tengo ni siquiera la dirección, y sin tardar mucho al dar la vuelta a una esquina, ahí está: una sastrería, no es muy visible porque hay un restaurante en la planta baja: ¿Aquí hay un sastre? Pregunto. Suba al segundo piso: me dicen.

El local es pequeño: un mostrador, cuatro máquinas con diferentes funciones, una mesa para planchar, un estante con telas y un armario con los trajes listos para entregar. Él no se ve tan mayor como lo había imaginado y la sastrería es más modesta de lo que su fama me dice. Nos saludamos, le comento que quiero entrevistarlo, acepta pero me sugiere que lo llame para acordar un encuentro: “Ahora estoy muy ocupado”.

Nos reunimos un domingo. Me cita ese día porque está más relajado. Va a la sastrería todos los domingos a adelantar los trabajos que el agite de la semana no le permite finalizar y para escapar de sus hermanas, con las que vive: “Me gusta meterme aquí los domingos, porque en mi casa dan mucha comida, hacen cosas ricas y me subo de peso. Debo cuidarme porque tengo un marcapasos”.

“Yo me despierto a las tres de la mañana, no puedo dormir más. Me levanto, hago ejercicio, me baño, desayuno y a las siete u ocho de la mañana estoy saliendo para acá. Me demoro media hora de la casa a la sastrería y trabajo hasta las seis o siete de la tarde, si hay que entregar algún traje salgo de aquí cerca de las diez de la noche”.

Así es la rutina de Luis Barragán, un sastre de la Zona T, el que vive en el barrio Ciudad Jardín y día a día se transporta al norte de Bogotá para vestir a importantes señores de familias muy reconocidas de alta sociedad, pero también a extranjeros, diplomáticos y hombres de negocios que llegan recomendados por los empleados de los almacenes de paños del Centro Comercial Andino.

En su sastrería mide, corta, cose y confecciona a partir de un rollo de paño, que cuesta cerca de 450 mil pesos el metro, trajes que oscilan entre los dos y los tres millones: “Mis clientes son de mucho caché, vienen a este chusito de sastrería, esa es la razón por la que trabajó aquí, porque donde yo vivo la gente ya no manda a hacer ropa, la compra hecha”.

Luis es un hombre de tez morena, las canas en su cabeza evidencian su edad, él aparenta 10 años menos, mide cerca de un metro sesenta. Es calmado, pausado, piensa muy bien antes de contestar mis preguntas, pero le gusta conversar y hablar de su vida, se siente cómodo contándome sus experiencias y vivencias. Tiene 70 años, ha dedicado 55 al oficio, empezó a los 15, como castigo por ser expulsado del colegio cuando estaba en tercero de bachillerato. Su padre que era el dueño de la fábrica ‘Café Emperador’, lo envió con un sastre: ’Don Carlos’, al que le tenía alquilado un local, para mantenerlo ocupado mientras empezaba el año escolar.


A Luis le quedó gustando escuchar a los sastres contar historias, verlos fumar y tomar mientras se hacía cada vez más hábil en el arte de coser pantalones, chaquetas y trajes. El que no estaba muy complacido era su progenitor, porque veía que su hijo se iba volviendo muy “sinvergüenza”, no le pagaban y no estaba interesado en volver al colegio, entonces como represalia, le pidió el local a ‘Don Carlos’ y envío a su heredero como aprendiz a la Sastrería Bogotá, en el barrio Siete de Agosto.

A los 18 años ya era todo un sastre, pero por su juventud no le daban trabajo. Montó un taller en su casa, hacia trajes para familiares o conocidos y siguió haciéndolo hasta los 22 años, cuando su papá lo obligó a terminar el bachillerato. Él aceptó con la condición de estudiar medio tiempo y fue así como se graduó del Colegio Pío Latino, con la ayuda de los profesores con los que salía a tomar después de clases.

La sastrería es lo que me tocó hacer para vivir

Seguimos conversando y le pregunto por su pasión, por la sastrería. Hace una pausa y dice: “Cuando terminé el bachillerato no quise seguir estudiando. Yo soy muy bueno para el dibujo y mi hermana mayor me dijo que hiciera un curso de Bellas Artes en la Universidad Nacional, estuve allí cuatro años en varios programas de extensión y aprendí a pintar. Para mí es una satisfacción muy grande, porque con la pintura lleno mis ratos de ocio, es lo que realmente me apasiona”.

“Aunque yo sea considerado como uno de los mejores sastres, lo que a mí realmente me gusta es pintar en pastel, oleo, dibujar a lápiz, no importa la técnica. La pintura es lo que me llena de orgullo… La sastrería, es lo que me tocó hacer para vivir. Yo puedo meterme fácilmente un día en la mañana a mi estudio y amanecer pintando, ni me doy cuenta, el tiempo pasa. En cambio la sastrería me aburre”.

En varias oportunidades le he sacado el cuerpo a esto por cansancio. “Una vez acabe con todo, vendí hasta la última aguja y monté una cadena de comidas rápidas: ‘Mitos Pizza’, en el sector del Country Sur, fue muy próspera pero se acabó en los 90 porque empezaron los robos y atracos, entonces tocó cerrar y volver al oficio que siempre me ha dado para vivir”.

Es que este trabajo es muy bien remunerado: “El sastre gana muy bien”. Un ayudante puede recibir al día 70 o 100 mil pesos por hacer arreglos, una persona que cose una chaqueta unos 220 mil y ese pago se recibe al acabar y entregar la prenda, por eso al sastre le queda mucho tiempo para derrochar el dinero y dedicarse a “la sinvergüencería”.

¿Sinvergüencería? Le pregunto…”Precisamente, por la manera en la que un sastre gana el dinero, se presta para que sea inconstante con las mujeres”. Dice Luis, que aunque actualmente está solo, estuvo casado una vez y tuvo varias relaciones, porque según él: “Yo no me acuerdo de haberle sido fiel a una mujer, para mí era muy fácil dejarlas”. Aunque me confiesa, eso sí, que tuvo un amor inolvidable, el amor de su vida, una periodista que trabaja y vive en España, pero sobre la cual no dijo nada más.

Fruto de esas relaciones tuvo 5 mujeres y seis hijos. A una de sus hijas no la conoce, la mamá era familiar de un político de la ciudad y la relación no terminó bien. Tiene tres hijas más con las que se comunica poco y 2 hijos varones con los que mantiene contacto porque los crió y educó, tienen 37 y 17 años. El menor vive con él y le está pagando la universidad.

Y volviendo al oficio, cuando le pregunto a Luis por el futuro de la sastrería, me dice con su voz calmada que eso no le preocupa: “siempre habrá mercado para los sastres porque hay cuerpos difíciles y gente que tiene dinero para pagar por un buen traje hecho a la medida. Lo que va a escasear es el sastre porque en la actualidad ya no hay buenos y a los jóvenes no les interesa aprender este oficio”.

“A mí me hubiera gustado que alguien aprendiera lo que yo sé, como yo lo sé hacer pero no encontré nunca a una persona que quisiera trabajar este arte. Yo, personalmente, no creo que la sastrería vaya a decaer porque uno siempre tiene los mismos clientes, cuando se mueren desaparecen, pero llegan otros”.

Terminamos nuestra charla y veo su trabajo: piezas de paño, chaquetas a medio armar, pantalones con hilvanes en el ruedo, pero también trajes finamente terminados. Me los muestra con orgullo por el derecho y el revés, las puntadas son perfectas y las terminaciones también, todos tienen el sello “Luis Barragán”.

Antes de irme me hace la última confesión: “un sastre es como un psicólogo, genera un vínculo muy personal, desnuda no solo el cuerpo sino también el alma de su cliente en una relación que, a veces, perdura toda una vida”.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Chic y barato: de compras con poco presupuesto

“El que busca encuentra”… Eso dice el adagio aludiendo a que casi cualquier cosa en la vida se puede hallar cuando se busca con tenacidad, empeño o tesón; y aunque aplica para muchas circunstancias, se ajusta muy bien a la hora de comprar ropa, porque a casi todas las mujeres las seduce la idea de adornar su cuerpo con prendas o accesorios que les ayuden a mostrar su identidad con un sello personal, más allá de los prototipos o estándares de belleza establecidos socialmente.

El acto de adquirir las prendas que cubren el cuerpo constituye más que una transacción comercial, es una declaración de los más internos caprichos o deseos y la manifestación del poder adquisitivo y del holgado o apretado presupuesto con el que se cuenta en el momento de invertir en el armario.

Es por eso que a la hora de comprar, las mujeres de verdad, las que trabajan, se montan en un Transmilenio, hacen mercado y administran el dinero haciendo que alcance para la leche de los niños, así como para la falda, los tacones o el vestido con el que irán a la oficina, o que usarán para la cita romántica con el novio hacen actos malabares sumando aquí, quitando allá y ajustando por acá cada peso que se invertirá en trajes, atuendos y ornamentos.

Y es que comprar con poco presupuesto es un arte. Me dediqué a esta labor, casi detectivesca, de buscar por aquí y por allá ropa para armar tres looks para el mismo número de ocasiones, y si bien es cierto, la oferta de los almacenes en los centros comerciales es grande y hay ropa para todos los gustos, no siempre es verdad que aplique a todos los presupuestos y cuando lo hace, por lo general, no satisface las expectativas esperadas.

Por eso, como buscando una aguja en un pajar, recorrí dos centros comerciales, un outlet, varios almacenes de pueblo (Chía) y recurrí también a la amiga que trae ropa de Estados Unidos para armar mis pintas, que no superaron los $130.000 mil pesos por conjunto sin contar con un par de botines de cuero que compré rebajados a $119.400, y una chaqueta de jean por $75.000 combinables con todos y cada uno de los looks que escogí y que se convirtieron en piezas comodín.

Pero como una cosa es hablar de la experiencia y otra es ver los resultados, a continuación comparto las fotografías que ilustran una semana a la cacería de ropa económica y bonita que se resume en tres looks: uno para la oficina, otro para una salida casual y el último para una escapada de fin de semana. 

Look de oficina 
Falda KOAJ: $49.900
Camiseta KOAJ: $19:900
Total Look: $69.800

Look salida casual
 Blusa FDS: $49.900
Jean FDS: $79:900
Aretes: Zépiros accesorios
Total Look: $129.800

Look escapada de fin de semana 
Camiseta: $20.000
Pantalón: $50.000
Total Look: $70.000
Pinta comprada a una amiga que trae ropa de Estados Unidos.


La chaqueta y los zapatos, son las piezas comodín y aunque son un poco más costosas que algunas de las prendas con las que arme los diferentes looks, son muy versátiles y ofrecen múltiples posibilidades a la hora de usar.

Chaqueta de jean: $75.000
Botines Stivali: $119.400



Lo que aprendí
  • Es posible conseguir ropa que se acomode al gusto de casi cualquier persona. En comercios o tiendas de barrio se pueden encontrar prendas como una chaqueta de jean de $80.000 que después de regatear con la vendedora pude conseguir por $75.000 y que será una pieza de fondo de armario muy versátil.
  • Colombia tiene una industria de moda sólida y si bien hay muchas marcas con estatus que se están haciendo un nombre a nivel internacional, la producción textil es muy amplia y marcas como FDS o KOAJ ofrecen prendas con diseños exclusivos y muy asequibles a la hora de comprar.
  • La creatividad también es importante. Siempre me negué a comprar ropa a comerciantes independientes como la señora que la trae de Estados Unidos, pensando que hay mayor variedad y oferta en un centro comercial, pero me sorprendió encontrar un pantalón por $50.000 y una camiseta por $20.000 que usaré en mis salidas de fin de semana.
  • Estar alerta a las ofertas y rebajas es una muy buena opción a la hora de comprar ropa. Los almacenes siempre están rotando su mercancía y sí se está atento se pueden encontrar objetos en oferta con descuentos del 40, 50 y hasta 70% como los botines de $200.000 rebajados a $119.000 de Stivali.
  • Las tarjetas de descuento que obsequian algunos almacenes para los clientes preferenciales son una buena opción porque ofrecen descuentos del 10% en compras permanentes y un 20% el día del cumpleaños como la que me gané en FDS por la compra de un Jean y una blusa de $130.000.
  • Ahorrar a la hora de comprar con un presupuesto es prioridad para muchas mujeres, pero en ocasiones es importante invertir en piezas de mejor calidad que durarán más y los zapatos son una de ellas, por eso un buen par de botines de cuero más que un gasto son una inversión porque mejorarán cualquier look dándole un toque chic.
Finalmente, y después de esta experiencia de búsquedas y hallazgos, me quedo con la satisfacción de contar con nuevas prendas para mi armario y múltiples ocasiones para lucirlas y combinarlas, así que: ¡Me voy a estrenar!

domingo, 18 de septiembre de 2016

Espejos: más que reflejos

En la cartera o en la habitación compañeros incondicionales. Odiados y amados, necesitados y en ocasiones ignorados, los espejos son parte fundamental de nuestra vida; nos acompañan, elogian y adulan, aunque en ocasiones prefiramos desdeñarlos o desecharlos, los espejos fueron, son y serán un artilugio fundamental para el acicale femenino y para los rituales de aseo y engalane masculino.

Compinches inseparables de nuestras costumbres más íntimas, están presentes en nuestras habitaciones a partir del siglo XVI, aunque han acompañado al hombre desde tiempos ancestrales como lo confirman hallazgos de antiguos fragmentos de estos en Turquía; también fueron utilizados por egipcios, griegos y romanos quienes los fabricaban con aleaciones de metales preciosos.

Su esplendor está ligado al surgimiento de la industria del espejo en Venecia, cuando a partir siglo XV los vidrieros de murano los fabricaban con lujo y ostentación, tanto que se convirtieron en fuente de riquezas y sustento económico, así como en objeto de codicia para los franceses, razón por la que Jean Baptiste Colbert, ministro del rey Luis XVI, realizó una campaña que buscaba quitar del camino a los venecianos para hacerse con su monopolio.

Mientras tanto, en Venecia no se escatimaron los esfuerzos para conservar el secreto de su producción y se impuso un monopolio que prohibía a los obreros de las fábricas de cristales salir de la ciudad bajo pena de traición y sus consecuencias eran la cárcel, la expropiación de bienes y la muerte de familiares o amigos.

Prueba del esplendor de los espejos como elementos de ornamento y decoración fue la construcción de la Galería de los Espejos en el Palacio de Versalles por el arquitecto Jules Hardouin Mansart (1678-1684), que con 357 espejos, fue el escenario de eventos relevantes durante el reinado de Luis XIV, como el matrimonio de María Antonieta o posteriormente, la firma del Tratado de Versalles con el que se dio fin a la Primera Guerra Mundial.

El espejo como lo conocemos actualmente, debe sus orígenes al químico alemán Justus Von Liebig, a quien en 1835 se le ocurrió ponerle una placa de plata a un vidrio y el resultado: una superficie que refleja imágenes y formas que nos muestran cómo nos vemos, quiénes somos y cómo queremos ser percibidos.

Popularizados a finales del siglo XIX, se empezaron a ver de manera masiva, hasta el punto que, en Europa y Estados Unidos, había al menos uno en cada hogar y también tuvieron un lugar especial en las vitrinas de las tiendas de departamentos donde los maniquíes bajo grandes reflectores exhibían regias indumentarias para el deseo y capricho de los transeúntes.

Pero su lugar preferido ha sido las habitaciones de las mujeres como cómplices y compañeros de sus más íntimos rituales de belleza pues era allí, frente a un tocador, donde se aplicaban las cremas y carmines que daban vida al maquillaje con pestañas encrespadas y labios rojos inspirados en las revistas femeninas y la ayuda de los productos de belleza como los de Helena Rubestein o Elizabeth Arden y muchos otros con vigencia hoy en día. Para la muestra, el coro de esta canción del grupo español Mecano que en los 80 describe así el proceso de maquillaje:
Sombra aquí sombra allá, maquíllate, maquíllate
Un espejo de cristal y mírate y mírate
Sombra aquí sombra allá, maquíllate, maquíllate
Un espejo de cristal y mírate y mírate...


Pero los hombres no han sido esquivos a la fascinación de los espejos. Mientras las mujeres han tenido una aproximación más reservada, ellos lo hacían a través de la visita al barbero para afeitarse, lavar la cabeza, cortar el pelo, y dar forma al bigote, la barba o las cejas y engominar el pelo, rutinas que con el paso del tiempo se hicieron más íntimas y personales con la llegada de las máquinas de afeitar desechables.

La literatura también se ha dejado seducir por este artefacto: Narciso murió extasiado viendo su reflejo, mientras que Perseo cortó la cabeza de Medusa gracias al espejo que le dio Atenea. Jorge Luis Borges los menciona en su libro el Aleph, así como Bram Stocker cuando describe al Conde Drácula: “No proyecta sombra, ni reflejo en los espejos”, y más recientemente en la saga de Harry Potter el espejo doble de Oesed muestra “los más profundos y desesperados deseos de nuestro corazón” y ni hablar de la malvada madrastra de Blanca Nieves, que lo consultaba para asegurarse de ser siempre la mujer más bella del reino.



Pero los espejos también tienen su lado negativo, alrededor de su reflejo han surgido leyendas y mitos ligados a la magia, la adivinación y lo oculto. En la edad antigua eran usados como medios para predecir el futuro y son considerados portales de energía que comunican con otros reinos espirituales y dimensionales a través de los cuales acceden espíritus, como ocurre con la leyenda de Bloody Mery según la cual si se menciona este nombre 100 veces frente a un espejo iluminado con una vela el reflejo de la misma Mery aparecerá para aterrorizar a quien la invoque.

No cabe duda que los espejos hacen parte fundamental de nuestra rutina, son uno de esos objetos cotidianos que nos acompañan y prestan un servicio pero a los cuales nunca les damos la atención necesaria porque están allí para nuestra comodidad, pero a través de su utilidad tienen una historia que contarnos. Por eso la próxima vez que se ponga en frente a uno de ellos recuerdo que son más que un simple reflejo.

martes, 23 de agosto de 2016

Dirty dancing, moda y cine en una ecuación perfecta



La moda ha encontrado en el cine a su mejor aliado, de hecho, la primera se ha valido de este como un medio para difundir y dar a conocer a una inmensa mayoría estilismos que se adaptaban a una época o una realidad a veces lejana, pero no por eso menos apetecible y atractiva para el espectador, que desde su butaca tenía la posibilidad de aproximarse a una nueva visión de un mundo que ya no parecía tan aislado de su propia realidad.

Desde las primeras décadas del siglo XX, las películas han constituido un recurso valioso para las mujeres, quienes se han valido de la gran pantalla para construir, crear y reinventar sus vestidos y dar vida a sus armarios inspiradas en las diosas y heroínas glamurosas de las películas como las flappers, las vampiresas, las femme fatales o las chicas buenas y bonitas, entre otras, que han cumplido su rol como un aspiracional a imitar y seguir.

Uno de estos casos es el de la película Dirty Dancing, sino mi favorita, si puedo decir que es una de las que más me gustan y que por motivos personales ha dejado una huella muy grande en mi corazón. Considerada un clásico de los años 80, se estrenó el 21 de agosto de 1987 (29 años), aunque su temática está basada en la vida y costumbre de los años 60, una época donde las confrontaciones sociales, las protestas ciudadanas, la carrera espacial y la emancipación de la juventud manifiesta en una nueva manera de ver la vida a través de la música y el vestir eran comunes.

Dirty Dancing cuenta la historia de amor de Johnny Castle (Patric Sweazy) y Baby Houseman (Jennifer Grey). Él: pobre y profesor de baile, ella: adinerada y niña bien; se conocen en el verano de 1963 y de este encuentro, como es de esperarse, surge un amor que desafía los estereotipos de una sociedad conservadora y tradicionalista, cuyo hilo conductor es el baile al son de los ritmos cadenciosos de la década.

En cuanto al vestuario, Dirty Dancing, trajo a los años 80 una versión de la moda de los 60, gracias a la vestuarista Hilary Rosenfeld, quien en las primeras imágenes de la película muestra a una Baby con aire ingenuo y casi infantil donde los vestidos, faldas y suéteres en colores suaves y pálidos son el reflejo de su inocencia y que con el paso del tiempo, se van volviendo más sexis, hasta llegar a la escena final de la película donde se muestra a una mujer empoderada de su vida, luciendo un vestido rosa pálido, con vuelo y escote profundo.

Por su parte Johnny, es el renegado, el hombre peligroso, guapo, guapísimo, el que no conviene, pero del que es imposible no enamorarse, cuando aparece vestido de negro con sus pantalones ajustados, chaqueta de cuero y camisas que dejan ver unos músculos bien trabajados, todo un deleite visual que desata pasiones y rompe corazones. Típico estereotipo de las figuras masculinas que el cine nos ha mostrado durante años.

Y como era de esperar esta estética traspasó la pantalla. En el 87, año de estreno de la película, no se hicieron esperar las representaciones femeninas de “Baby” con sus shorts cortos, tenis blancos, camisas esqueletos, pantalones de jean ajustados sobre la rodilla y que paradójicamente cobraron vigencia en 2012, cuando llegó a sus 25 años.

Sin duda alguna Dirty Dancing es una de las cintas románticas más emblemáticas de todos los tiempos, admirada, amada y seguida por personas de distintas generaciones, que aún hoy en día la siguen viendo mientras tararean: “The time of my life”, su tema oficial y mi canción favorita.

Entre sus fanáticos están Nataly Portman o a Katte Middleton, cuya fiesta de compromiso se basó en esta cinta, eso sin contar con las series o películas que han hecho referencia a su tema musical como la comedia romántica: “Crazy Stupid Love”, donde Ryan Goslip usaba la canción para sus conquistas ocasionales o la escena en: “Le Arnacoeur”, donde Vanessa Paradise baila al ritmo de The time of my life una coreografía no tan perfecta, pero no menos atractiva de observar.

Dirty Dancing, es pues un ejemplo de cómo la moda y el cine forman, en ocasiones, un binomio que basado en la fantasía permite crear nuevas percepciones que se adaptan a nuestra realidad y que se traducen en estilos, usos, formas de vestir o estereotipos que se van metiendo para quedarse en nuestra vida como punto de referencia y que nos permiten identificarnos como grupo en nuestra sociedad.